Parecemos Niños

Por qué me atraes tanto, por qué me siento tan feliz dentro de tu metro cuadrado, por qué estar contigo es la única vez que me siento vivo, por qué respirar en el mismo espacio que el tuyo se vuelve adictivo? Pitear del mismo cañito que nos eleva y nos pone colocaditos conversando de todo un poquito. Me arriesgo y después de abrazarte te rozo suavecito el cuello con mi boca. Beso el lóbulo de tu oreja. Apenas toco tu piel perfumada con mis ardientes labios. Desciendo entonces por tu mejilla y en el borde de aquello diviso tus labios que sonríen levemente placenteros. El borde de mis dedos busca el surco profundo que divide tu espalda. Rozo tu mejilla con el dorso de mis dedos, abro mi mano y tu recuestas tu mejilla delicadamente en ella. Veo como el placer de tus labios aumenta y entonces. Nos lanzamos al vacío. Mis dedos desvarian perdidos sin remedio en el zip de tu sostén. Pierden la partida, pero innovan y en su travieso juego corren la cortina que atrapa tus senos. Tus labios y los míos se funden, danzan nuestras lenguas, nuestras miradas se cruzan, tus hermosos ojos achinados me hablan. Me recitan la poesía salvaje y sublime de este momento, me dicen te quiero, te amo.
—Y yo igual te quiero. Te amo.

Nunca me sentí tan libre. Nunca te sentí tan libre. 
Ahora estoy solo. Estoy solo y me deleito en el recuerdo de ese momento que duró toda la noche.
Tú y yo dormímos juntos, como otras veces, nos besamos apasionadamente, no hubo mas sexo que ese. Disfrutamos viendo la luna. Mostraba su mejor lado
—Brilla tan clara que hasta se le ve la cara—dijiste y yo me quedé pegado buscándole los oídos, los ojos los labios.
Nos sorprendimos al ver la hora, son las seis de la mañana. Nos tiramos en una cama que hay en tu terraza, a ras de suelo. Miramos las ramas del palto, las palmeras, las María Juana. Nos fuimos a tu cama, te quedaste dormida plácidamente. Yo miraba tu espalda, tu pelo, tus dedos de uñas rojo fuego pintadas, se asomaban por arriba de tu hombro izquierdo, sentí que me miraban extasiadas, felices.
Me sentí tan vivo y no tenía sueño. Llevaba veinticuatro horas despierto y no tenía nada de sueño. El tiempo a tu lado se acababa.
Debo irme. Dejamos pa la otra el ceviche.
En el umbral de tu puerta nos besamos de nuevo. Traspase el umbral y nos despedimos afuera, en el antejardín de tu casa, con un breve y apasionado beso. Desde atrás de tu ventana me dijiste adiós, yo te miré desde dentro de mi auto y te correspondí el adiós.

Unos cuantos kilómetros mas allá no pude más y me detuve a un costado del camino. Te escribí y conversamos, compartimos el gozo mutuo de haber estado juntos.
—Gracias por una maravillosa velada. Estar contigo me inspira a escribir de la belleza de vivir. Te amo sin posesión y sin cadenas, te amo por tu individualidad, por ese ser que eres lleno de autenticidad.
—Mi amor, era tan especial eres tan tierno eres tan dulce. 
—Estar contigo fue un masaje para mi corazón y que no sentía hace tanto tiempo, desde la última vez que nos vimos.
—Fue increíble reencontrarnos.
—Si..., estoy aquí detenido a la orilla del camino arrojando suspiros al asfalto.
—Como sería que no nos dimos cuenta de la hora y de repente estaba amaneciendo !!!!
—Increíble..., no podía creer que estuviera amaneciendo.
—Y nos acostamos en el colchón hasta que amaneció. Parecemos niños. Jajaj. Me gusta.
—Jajja eso fue hermoso, una volá totalmente hippie.
—Me encantó todo.
—Siiii y tapados!!
—"Parecemos niños"..., que her-mo-so.
—Me siento un niño a tu lado. Un niño viejo y feliz.
—Rico
—Feliz de haber vivido tantas cosas para encontrarme contigo.
—Estás estupendo 😍
—🙈 Me encanta que me lo digas.
—Es verdad, te ves regio.
—🥰 Abrazarte, un sueño. Besarte, el paraíso. Me gusta tanto besarte. Es increíble que pese al tiempo esa sensación no se olvida.  Te amo..., descansa. Millones de besos para ti.
—Dibujo un corazón en el aire y de él brotan muchos corazones, de mi para ti.
Y así termina esta historia. 




Como viejos amigos

 



Ayer noche de mañana soñé con la Vale. La Vale del sueño era una casi amiga que tuve en mi juventud en la tierra media. Valentina, o muñeca de trapo, como cariñosamente la evocábamos con el amigo tártaro, era una mina bien mina en el sentido variable de la palabra. Colorina, de largas trenzas en su niñez y ahora de un pelo agradable a la vista, no tan rojo casi otoño. Su pelo otoño le caía poco mas allá del cuello dependiendo de lo que vestía. Siempre me agrado la muchacha. Solíamos tener algunas conversaciones entretenidas e inteligentes, ella era ambas cosas. Su belleza, no despampanante, residía para mi, en su todo como persona. Su porte, su talle, sus ojos como flores que responden según la luz. La luz de sus sentimientos, sus emociones. Sustantivos que en ella cobraban un significado especial. Su voz la recuerdo de una dicción impecable, poseedora de un tono que, para mi, encerraba todos esos tonos agradables, alegres cuando no solemnes y sensuales que uno ama de una mujer. Debo decir también que su talle y su estatura hacían conjunto con su todo que era ella. Perspicaz y efusiva, confiable. En esos años, si me preguntaban, yo decía que era mi amiga. Ahora con los años tengo un concepto mas exigente para ese concepto aunque si las cosas, al pasar los años, hubiesen continuado iguales o similares, seguro que todavía hoy, la llamaría amiga. La verdad no recuerdo haber tenido con ella una conversación mas intima, donde yo desnudara mis mas escondidos sentimientos o pensamientos. Tampoco hubo de parte de ella esa confesión necesaria que ahora considero inexcusable antes de llamar a alguien amiga.



Volviendo al sueño nochitutino. Conduzco mi Volkswagenagen Gol con rumbo desconocido de pronto se detienesel motor, se apaga la música y mi querido Gol cesa abruptamente su marcha. Sin razón aparente. Sin contacto, muerto totalmente. Estoy en una calle parecida a la calle Lira a la altura de general Jofré. En mi sueño este es un lugar donde estacionan a orilla de calle y sin cobro. Decido dejar aquí mi auto y emprender el resto de mi viaje a pie hasta llegar al centro de Santiago. Se acerca a mi un señor de aspecto menesteroso y me dice —vaya no mas, yo le cuido la joyita—y acto seguido respondiendo a mi fingido y cordial saludo me pregunta —¿Le lavo el auto jefe? Si quiere también le puedo arreglar la pana—. Evalúo rápidamente la situación y le digo que no, muchas gracias. Me voy hiendo  y llega  una vieja como de mi edad, con carácter de vieja metida (es raro que en el sueño haya evaluado su carácter aun antes de que la señora se bajara de su auto ¿indicará que poseo una personalidad prejuiciosa?) La mujer viene acompañada de un señor flaco de unos setenta y tantos años. Se estaciona de mala manera detrás mío y muy apegada a un desvencijado carretón de grandes ruedas de fierro donde venden frutas y verduras. Ahora aprieta unas paltas y, desde el asiento delantero derecho de mi auto asomando su cabeza canosa, flaca y arrugada por la ventana le alega al casero del carro, no se que asunto. Yo la miro y pienso —Que patuda esta vieja —la vieja sigue alegando y profiriendo insultos mientras yo, desde la ventana trasera y también asomado a la calle le respondo que como tan patúa que oiga bájese que esto no es taxi ni colectivo señora. Se va la vieja alegandole a  su viejo acompañante que ella es la que tiene la razón. Yo miro al verdulero cuidador de autos con cara de circunstancias y le digo que me voy a ir caminando, si total donde voy está aquí cerquita. Al segundo aparezco en el paseo Ahumada, voy subiendo hacía allí por una escalera encerada desde una galería subterránea (que no existe en la realidad ¿existe la realidad?) Llegando a la calle veo a la Valentina que viene hacia mi empujando una carriola con un bebé en su interior. Es un cochecito de esos de película gringa de los setenta del siglo pasado. La bebé es inmensa y regordeta, rubia de tez blanca onda europea. Al cruzarnos con la Vale nos saludamos al pasar, como esos saludos de compañeros de oficina que salen a almorzar por separado y se topan luego, en la calle y sin quererlo con algún colega que vieron hace unos minutos sentado en su cubículo probablemente vecino al tuyo. Valentina va hablando por celular pero este no es visible, solo lo supongo por su mirada concentrada en otra dimensión y sus palabras al aire en tono de conversación. Me pongo a caminar al lado suyo y llevo el carrito de la bebé. Mientras Valentina sigue en su charla con la dimensión desconocida. Y yo la miro insistentemente pero no para urgirla a que termine de hablar. La miro así porque no puedo creerlo. Ella tan igual, tan muñeca de trapo carita de loza como la última vez que la tuve a mi lado hace veinte y tantos años. No puedo creerlo, estoy encantado. Le hablo incoherencias y ella me hace señas a que espere, que está hablando, que termina al tantito. Cuando al fin termina su diálogo con el ser invisible, nos saludamos. Yo la abrazo efusivo y contento. No caigo en mi pellejo. Ella en cambio está tranquila y me saluda como si ayer no mas nos hubiéramos visto. Bueno, recordando, esa era una de las cualidades que me enamoraban de ella. Su apacibilidad. Entre conversa y conversa, poniéndonos al día después de tanto de no olernos llegamos a mi auto y yo la invito pa mi casa, que es la misma en que vivo ahora pero como estaba en mil novecientos setenta y nueve, ochenta, ochenta y uno, dos y tres. La casa de mis padres en la Villa México. Entramos y sentado en el living está mi padre revisando su celular mientras en la tele unos tipos se disparan y otros caen muertos como moscas. Mi padre saluda a la visita y continúa ensimismado en su teléfono (¿recuerdas cuando a fines de los noventa me dijiste que los teléfonos eran para llamar y que cualquier otro uso que se les diera era una tontería?) Nos vamos a la amplia cocina, que por aquellos años era punto de reunión obligado ya sea con la familia o los amigos que iban y venían. Dejo a la bebé sobre la mesa y la acaricio; ahora es una perra mediana de porte, dócil, hermosa y de suave y  largo pelaje. Como una aparición veo frente a mi a un iluminado Daniel, otro amigo perdido en el tiempo. Daniel, de blanco entero y con unos rayban de aviador, es bañado por el abundante sol que baja del tragaluz que abarca un tercio del techo de la cocina. Parece un espíritu que aparece y desaparece intermitentemente. Como una ampolleta a punto de quemarse. No habla, solo mira su celular mientras está ahí de pie, incandescente frente a mi. Lo miro algo confundido y le comento a la Vale de su papá, que según me había enterado había muerto el año pasado después de que su esposa le perdonara su infidelidad y lo admitiera de nuevo en casa. Valentina me mira extrañada. No entiende.


—Yo hablé con mi papá esta mañana me dice.

—Me separé de mi esposa—le digo— el año pasado y abandoné la religión hace veinte años. 

Ella como que no le dio asunto y se rio con esa risa sofisticada que tanto me gusta.

—¿Cómo te enteraste lo de la infidelidad? Se supone que nadie mas sabe que nosotros—mr dice contrariada.

Daniel intermitente bañado por esa luz blanca del mediodía y que entraba a raudales por el tragaluz de uno por tres metros, enciende un cigarrillo. —Ah, este también se salió de los Testigos (1)—pensé yo y me sonreí. Mientras miraba a Valentina con cara de enamorado. En eso aparece mi hermano de profesión mecánico automotriz y le comento que el auto no me parte. Él, luego de consultarme algunos detalles del desperfecto comienza a darme una lista de las posibles causas técnicas de la falla. Ahondando en detalles y preguntas, como si cambié o no la batería, o que habría que revisar si le llega corriente al alternador o bien puede ser un corte o una falla de la ECU. Yo, sin ponerle demasiada atención continuo observando a la Valentina ahora con <<ojos de cordero degollado>> sin atreverme a preguntarle por su marido hasta que es ella quien lo menciona y me comenta que también se separaron.—Esta es la mía—me digo y le ofrezco llevarla de vuelta al punto de partida. La perra ya no estaba y yo a esta altura me dejo arrastrar por mi imaginación lívidinosa. En esas divagaciones estoy cuando ella me dice que no, que no me preocupe porque aquí, justo a la vuelta de la esquina, tiene que hacerle estudio de la biblia a una señora que la esta esperando a esa hora. Antes de alcanzar a reaccionar suena un ring estridente y ensordecedor. Es mi celular y contesto pero sigue sonando, estridente y ensordecedor. Abro los ojos, saliendo abruptamente de esa sopa de sentimientos que es mi sueño y sobre el velador sigue sonando mi celular. Es mi amigo jardinero que me llama, conversamos y yo estoy todo el rato pensando en mi sueño y en lo extraño que es pensar dentro de un sueño y sentir ansiedad y emociones, enamorarse y recordar juntar todo y traer aunque sea en sueños a esas amigas que de una secreta manera amé y alguna que otra vez divagué pensando ¿Y si? con todo mi corazón. 

A mi tío Caco que se fue pal otro lado este 13 de septiembre

 Dicen que la gente muere solo si la olvidamos y yo siento que la gente que se ama permanece en nosotros como nosotros permanecemos en ellos y cuando ellos parten, una parte nuestra parte con ellos. Es algo que se ha dicho muchas veces pero que cobra gran significado cuando lo vivimos en carne propia. Hace un par de noches me avisaron que mi tío Enrique a quien cariñosamente siempre llamamos Caco, murió por complicaciones relacionadas con el maldito bicho que anda rondando el planeta cobrando la vida de aquellos que de muchas maneras esquivaron la muerte. Y ese es el caso del tío Caco, quien hace años superó un cáncer y del que bromeaba en cada reunión familiar en que estaba presente. Como ese cáncer superó muchas cosas mas tanto que algunos lo creíamos inmortal.

  Esta noche, triste noche, quisiera hablarte como ese ser humano que conocí. Un gozador de la vida. Un tipo trabajador y busquiilla. Alguien a quien nunca vi derrotado ante las circunstancias. Un ser feliz.


<<Así me acuerdo de ti tío. Un ser lleno de alegría y de buen humor. Una visita siempre bien recibida y de esas que te alegran el corazón cuando los ves. Y tu alegría era de esas sinceras, asi se sentía.    


   Hubo un momento en especial de mi vida en que tú estuviste a mi lado. Estaba yo convaleciente de una sobredosis de barbitúricos que había ingerido en una de mis tantas crisis existenciales pero esta fue la peor y que nunca espero se vuelva a repetir. Recuerdo que estaba en mi cama medicado y tú viniste a verme y entraste a mi pieza y ahí sentado al lado de mí cama me dijiste —la vida es complicada Nano, pero tú soy un cabro inteligente y vas a salir adelante—. Con esas sencillas palabras y con tu actitud abierta de no juzgarme me tocaste el corazón. Ahí supe la gran calidad de persona que eras.

   Cuando yo era muy chico una vez en un almuerzo familiar me dijiste que porque hacía una cosa de determinada manera cuando tú la hacías de otra forma y que esa era la correcta y yo con gran elocuencia te contesté:

—Usted es usted y yo soy yo—, a lo que siguió un breve silencio y luego una carcajada general. Me salvaste de la reprimenda de mis padres. No me queda duda de que tú fuiste el que dio paso a esa algarabía. Porque así eras tú. Lleno de ese humor y esa alegría contagiosa y espontánea que saca lo mejor de las situaciones mas difíciles de la vida.


Nos dejamos de ver hace años. La lejanía y todo lo demás son solo excusas que no tienen asidero. Solo diré que siempre te he llevado aquí y seguirás vivo por siempre dentro de mi corazón.


Te quiero y te querré por siempre tío querido.>>


Ride Upon The Storm , Cabalga Sobre La Tormenta (parte 2)


 



Vuelvo a casa despues de ese reparador paseo .En la paz de mi pieza continuo el mecánico proceso de configurar la maquina de mi hijo, dejo pasar las horas mientras el trabajo corre de forma automática. Mi mente absorta en una serie que pasan por televisión. Danesa existencialista; humana, delicada y brutal.

Ya he terminado de respaldar toda la información y comienzo con la instalación del sistema operativo. Inserto una memoria USB en la ranura del notebook para tal fin, con la información necesaria. Ajusto la BIOS y le doy partida, cerca de la una de la mañana ya está todo casi listo. Mientras afino los últimos detalles le envío una foto a mi hijo con los menús actualizados y un reluciente sistema operativo y renovado ordenador con toda su valiosa información respaldada. Mi hijo, al otro lado, me expresa su felicidad por mi trabajo esmerado y yo me siento orgulloso de haberlo ayudado. Entonces reinicio la máquina, deshago los cambios temporales en la BIOS... momento, algo anda mal. La pantalla se suspende en negro y como fatal sentencia aparece el mensaje "Operating System Not Found." Se me hiela la sangre al leerlo. No lo entiendo, o si lo entiendo pero me niego a hacerlo. Mensaje fatal "Operating System Not Found." ¡¿Que diantres?!


Cambio la serie de la tele y en su lugar pongo música, buscando tranquilizar mi espíritu. Siento que la mente me va estallar. Apago todo y me quedo en silencio en la oscuridad absoluta de mi pieza. Siento el zumbido de un mosco que choca contra las paredes oscuras de mi habitación. 

Mi mente se congela y el pánico se hace presa de todo mi ser. Apago prendo, apago prendo, apago prendo, esperando algo que no viene. Operating System Not Found. Inserto la memoria USB, que contiene el sistema operativo, nuevamente después de deshacer los cambios a la BIOS. Espero unos segundos que parecen horas. La pantalla negra y nuevamente el terrorífico mensaje Operating System Not Found. Siento náuseas. Salgo al patio, transpiro miedo. Miro el cielo oscuro y sin luna, apenas se distingue Júpiter y Marte, ¿la cruz del sur quizás?. No puedo pensar, pasan miles de ideas por mi mente en ebullición. Veo flotando en el cielo el mensaje que no se borra de mi retina. Operating System Not Found. No se porque recuerdo esa extraña melodía de Isao Tomita que le aterraba a mi esposa "Prelude to the afternoon of a faun". Tengo el estómago revuelto, ganas de vomitar, estoy tiritando de frío, miro la temperatura ambiente en mi celular y marca dieciocho grados centígrados. Vuelvo a mi habitación. ¡¿Qué hago?! Mierda ¡Que hago ahora! Intento concentrarme. Por mi cabeza pasan cientos de situaciones igual de desesperadas que he vivido previamente. Recuerdo otros desvelos terroríficos por culpa de un computador. Ajusto un comando, otro. F4, F5, Esc, flecha arriba F10, enter, Esc. Otra vez F4, F5, Esc. Si continúa perderá toda la información. enter. ¡No! ¡¿Qué hice?! Todo se reduce a comandos, números y letras. No estoy pensando bien. Veo nublado. Estoy agotado. Debería dejar esta tarea para mañana. Pero se me fue el sueño. Vuelvo unas horas atrás en el tiempo cuando hablé con mi hijo. Se palpaba su alegría. Esa misma que tenía cuando le compré un auto de juguete en una feria del puerto de San Antonio a sus dos años.

                          

Power on. Se siente el silbido suave de la aguja pasando sobre el disco duro. El ronroneo de los ventiladores, la estática de la pantalla, que se queda en negro todavía mas  tiempo que la vez anterior. Apenas puedo respirar y de pronto aparece el logo del sistema. "Instalar ahora" enter. Recopilando información nueve por ciento, diecisiete por ciento, noventa y ocho por ciento. Luego de minutos, horas quizás ;no llevo la cuenta, la perdí hace rato. En la pantalla ahora comienzan a aparecer variados mensajes bajo un fondo azul esperanzador. "Se están realizando los últimos ajustes, ten paciencia. No apagues ni reinicies tu computador. Nombre de usuario. Contraseña de inicio de sesión." Y ahí esta por fin. La pantalla de bienvenida. La misma que fotografié feliz unas horas atrás y le mandé por mensaje a mi hijo. A ver, veamos. Abrir carpeta. Equipo. Disco C ok. Hasta ahí todo bien. Pero falta la partición de respaldo. ¡No está! ¿No está? ¡Se ha ido! ¿Se ha ido? No, no, no. Sí. ¡Nooooo! ¡Mierda!, ¿Qué chucha? Conchesumadre ¿y que le digo a mi hijo ahora? Sus fotos, todos sus archivos, los videos de su hija desde que nació. Sus canciones. Sus documentos ¡Todo, todo, todo ha desaparecido!

Ahora si que la cagué. No se que puedo hacer. Busco ayuda en la web. "Solucionamos su perdida de información. Tenemos todo un laboratorio forense a su disposición. Solo déjenos su disco duro y le salvaremos el pellejo por la módica suma de unos cuantos miles de pesos." Programas en linea para recuperación de datos; no hay tiempo. Ya empieza a clarear, son cerca de las seis de la mañana. Me acuesto y logro dormir un poco más de una hora. Despierto en medio de un sueño de recorrer galerías laberínticas sin salida. Me doy una ducha mientras invento en mi cabeza mil explicaciones que darle a mi hijo. Ninguna me satisface. Podría asumir el elevado costo del laboratorio forense, pero no estoy convencido de su efectividad. Una vez lo hice y los resultados fueron nefastos. Fotos que solo se les veía la vista previa sin poder abrirlas. Videos entrecortados. Pies en lugar de cabezas. Un collage de imágenes inútiles.


                        

Me armo de valor y parto siendo las ocho de la mañana en dirección a la casa de mi hijo. Le suelto el muerto de una. Sin adornos ni maquillaje. Le muestro mi pesar sincero casi entre lágrimas. Él se muestra comprensivo en todo momento, aunque obviamente lamenta la pérdida no me reprende ni se ofusca externamente. Le doy un abrazo y le agradezco. Me vuelvo a casa con el gozo que deben sentir los que escapan de la muerte. Mi espíritu renovado, no siento cansancio y todas las nubes negras se han ido dando lugar a un cielo azul brillante. 

Mañana sera otro dia


  


Esa mañana te levantaste muy temprano, como era tu costumbre, ignorabas que hoy era once de septiembre. Un día semi nublado se desmarcaba en tu casa vestida de ese verde musgoso que tanto odiabas. Una atmosfera de olor relente llenaba todo, al punto que te molestaba profundamente. Tus pasos se dirigieron a la cocina, entonces, sumergiéndote en tu rutina diaria pensaste en preparar el desayuno para Lucy, tu fiel compañera y esposa de toda la vida. Una gota de sudor frio cruzó tu frente, pero tú seguiste sin prestarle atención. Te sentaste por un instante y tomaste lápiz y papel planificando lo que seria tu próximo negocio, el que te permitiría salir del atolladero al que habías descendido. Entonces, como nunca antes, la nostalgia te abordo, un escalofrió recorrió tu espalda, y el sudor ahora empapaba las palmas de tus manos, al mirarlas recordaste aquel verano perdido en el tiempo, en que junto a tu gran amigo Ricardo, se fueron de paseo a la localidad costera de Ventanas. Con las puras patas y el buche, no tenían ni uno, pero gracias a tu ingenio y un triciclo que conseguiste de una charla con un parroquiano la noche anterior, emprendiste un negocio de compra y venta de cosas usadas. Luego, gracias al capital que lograron reunir de tal empresa, se dieron unas vacaciones familiares que serian recordadas por mucho tiempo. Inolvidable fue también aquel verano en la localidad de Quintero, donde, haciéndolas de dueño de un restaurant que arrendaste a orilla de la playa, empleaste a media familia, y una vez mas lograste la satisfacción del triunfo.
Seguro estabas entonces de que podrías lograrlo nuevamente. Como tantas otras veces te distes fuerzas y trazando una línea ininteligible de números y palabras sobre un papel, esbozaste lo que parecía una oficina con varias puertas continuas y las emprendiste con una idea nueva que comenzarías hoy mismo. No obstante, tu destino aquel día ya estaba trazado y no pudiste contener un fuerte calambre que vino desde tu interior y te obligo a abandonar por ahora aquel ambicioso proyecto que esbozabas en el papel. Con la escasa fuerza que te quedaba llamaste a tu esposa, esa que te acompañaba desde joven, y que seguía fielmente cada una de tus ideas pese a los malos tratos que te brotaban a veces de no sabes donde y ese gustillo por el alcohol dejado atrás hace un año ya. Lucy a tu lado camino al hospital se veía ansiosa y apretaba fuerte y delicadamente tu mano, rogando a Dios que nada malo te ocurriera. Tú, ya recuperado del susto le ordenabas al medico de turno que te dejara volver a casa, seguro de sentirte bien y no queriendo que se te fuera a ir la oportunidad de seguir con el proyecto que estabas hilvanando. Entonces, como nunca, un dolor punzante como una puñalada te traspasó desde la espalda al pecho, obligándote a retorcerte en la camilla. Superado el horrible dolor te levantaste y sintiéndote como en otro lugar abriste una puerta la que a su vez te condujo a un pasillo donde varias puertas te conducían a diferentes habitaciones, en una de ellas te encontraste con tu oficina y supiste que lo habías logrado una vez mas. Estabas en tu nueva empresa, te arrellanaste en tu butaca y buscaste aquella idea que habías olvidado arrugada en tu bolsillo una mañana cualquiera. A lo lejos se podía oír una música como de Juan Gabriel.


Dedicado al tío Jorge Castillo, a quien no conocí personalmente, fallecido inesperadamente el 11 de septiembre de 2007


Ride Upon The Storm , Cabalga Sobre La Tormenta (parte 1)









Son casi las tres de la madrugada y estoy terminando de configurar el laptop Vaio de mi hijo mayor.

Él me lo vino a dejar por mi casa cerca del medio día de esta mañana luminosa y primaveral . Nos sentamos a la sombra de una higuera en el patio y comenzamos comentando nuestros pobres conocimientos del ritual de san Juan.

-Está bonita la higuera. Podríamos celebrar la noche de san Juan.

-Un primo del sur para una noche de san Juan se comió un gato.

-¿Asado?

-¡Ja! Yo creo que crudo, o cocido a la olla. No se, en realidad no recuerdo mucho; la tía me lo comentó hace tantos años.

Andrés sacó de un pequeño bolsito de tela que tenía atado a su cintura un moledor y lo rellenó con un cogollo de maría que traía envuelto en una hoja de cuaderno arrugada. Hábilmente enroló el pitillo de mariguana y nos pusimos a conversar de la vida y sus innumerables vericuetos mientras dábamos unas piteadas y poco a poco nos elevamos conversando de nuestros gustos, nuestra lucha diaria y necesaria y la evolución de nuestra vida juntos, unida mas aun ahora que estamos durmiendo bajo distintas tablas.. El humo ascendía al cielo despejado y azul del mediodía cerrillano y me iba enterando de esto y de aquello. Asintiendo con la mirada un tanto perdida cada vez que Andrés me detallaba alguna novedad cotidiana acerca, por ejemplo, de la crianza de mi amada y pequeñita nieta.

-Ahora ya no le gritamos, ni la castigamos. Yo conversé con ella y le expliqué el por que debía obedecer cuando se le pedía que hiciera o no algo, y ella es super inteligente. Comprendió y no ha habido mas rabietas.

-Siempre uno dice que sus hijos y en este caso su nieta son mas perceptivos que el resto. Es un cliché, lo se. Pero en el caso de ustedes y ahora el de ella siempre he creído que tienen una sensibilidad, una percepción distinta al resto.


Antes de que dieran la una, Andrés emprendió el retorno y después de subirse arriba de su cleta pistera con ese manillar color bronce que le da todo el estilo, salió raudo hacía su hogar; a unos seis kilómetros de distancia de mi casa. Seguro le tocaba preparar el almuerzo. Yo recalenté unos cremosos y sabrosos garbanzos que preparó mi madre y que el microondas se encargó de arruinar. 

Después de almuerzo me aboqué a la tediosa tarea de respaldar los mas de cincuenta gigas de información entre documentos fotografías y videos almacenados en el Vaio a reparar. En eso estaba cuando apareció mi otro hijo, Gonzalo, el que luego de un afectuoso abrazo y un beso me alcanzo una heladísima lata de cerveza de las seis que traía y sin mayores preámbulos se echó encima de mi cama. Conectó su celular a la tele y se puso a ver una de sus series de animé japonés.  

Pasaron las horas. Encaminé a Gonza hasta un skate park, cerca de casa donde quedó con un amigo para practicar su deporte favorito. El parque esta flanqueado por la autopista Vespucio por el sur y una población tristemente celebre apodada "la villa el tajo" por el norte. El parque, que quedó a medio terminar, semeja una escena de película apocalíptica. Abandonado a la buena de Dios producto quizás de la pandemia o quien sabe que arreglín trucho de los "ilustres."


Regresé a casa por la vuelta  larga aprovechando la suave y refrescante brisa de las tardes de octubre. Guie mis pasos por la caletera de Vespucio en dirección al poniente hasta llegar a la calle Salvador Allende que corre paralela a la vía férrea. En ese tramo la línea del tren semeja una recta infinita y violácea que se pierde en un horizonte  férreo trazado por dos interminables vigas de acero oxidado que soportan el paso de los trenes de carga que van y vienen del puerto de San Antonio a la Estación Central y viceversa. Complementan el desolador paisaje un lecho de piedras de cantera que sirven de cama para los durmientes de madera, y por donde sobresalen malezas aun verdes, basuras ocasionales y mas allá una descuidada arboleda hasta donde se pierde la vista. Poco mas allá el cruce ferroviario con la transitada avenida Esquina blanca, la que debe su nombre a un largo y robusto paredón de adobe pintado con cal y que se extendía antiguamente, por cerca de un kilometro, desde ese punto hacia el oriente. Aun queda en pie parte de este muro que concluye en una punta de diamante en la intersección con el camino a Melipilla. Cerca del cruce ferroviario y casi sobre la línea del tren se alzan un par de precarias casuchas de madera y materiales de desecho. Flamea en una de ellas una desteñida y deshilachada bandera chilena , luciendo la triste contradicción del orgullo de sus habitantes de vivir en un país que les dio la espalda. En el lejano punto donde me encuentro ahora, a un costado del puente ferroviario que cruza elevado sobre la monstruopista Vespucio, se ven unas animitas; se observa en una de ellas una deslucida foto plastificada de una jovencita -muerta en el lugar- a la que se le agradecen variedad de favores. Una montaña de sucios osos de peluche y muñecas descansan apilados entre unos destartalados sillones desnudos exhibiendo su esqueleto hecho de palos y clavos y que están justo al frente del descuidado panteón. La animita con su techo de dos aguas se asemeja a una casita de juegos infantiles. Pobremente construida en medio de esa suciedad polvorienta, es un triste homenaje a la niña feliz y sonriente de la fotografía.


La tarde ya se tiñe de un rojo sucio oscuro por sobre las montañas lejanas. Me pongo la mascarilla y apuro el paso. Unas cuadras mas allá tuerzo el rumbo de regreso al hogar. Una vez en casa constato el avance del proceso de respaldo el que después de unas horas alcanza casi a treinta gigabytes.

De papas fritas, caminatas y vieja estafadora







Y si la realidad es solo lo que recuerdo entonces es un borroso sueño que sin mas se desvanece.

Como se desvanece el presente. Ese ahora que a veces ahoga y que siempre es diferente a lo que habíamos planeado en el pasado. Lo imprevisible nos trae la sorpresa; la magia de la improvisación. Aprovechar esa fragmentación en la malla uniforme de los días, nos da la oportunidad de elevar nuestro espíritu a un ahora que se afianza y nos eleva la confianza haciendo de la suma de los días; del futuro, del pasado y del presente un todo que me da felicidad. Tender una mano amiga te produce esa alegría, ese gozo que nada ni nadie mas te va a dar. El gesto desinteresado de dar cuando el otro lo necesita. Dar sin que te lo pidan. Algo sencillo. Un gesto que encierra un significado mayor, para nuestra amigo. Para el mejor amigo. Dar, desprenderse de lo que mas quieres. Compartir aquello que cuidas y guardas celosamente y que sabes que si lo pierdes será para siempre. Pero eso no te importa, porque en tu naturaleza brota ese impulso que te hace ir mas allá. Y se siente tan bien que el pecho se te hincha de alegría por tu corazón que en ese acto se siente vivo.

-Ta madre, estoy pasao a bencina. Un neumático amaneció blandengue y me dispuse a cambiarlo cuando , no sé qué mierda hice, parece que me eché un conducto de bencina y cual pozo petrolero se me fue medio estanque a la calle. Ahora figuro a la espera de una grúa... lindo sábado por la santísima trinidad. Adios carnaval.

-Te paso mi auto.

-Sos un grande.

-Úsalo el tiempo que sea necesario. Vamos a buscarlo.

Y así nos encaminamos a buscar mi auto. Caminando las calles de la Villa México. Como en aquellos años, cuando íbamos a comprar papas fritas donde "la vieja estafadora" que le pedías dos conos de papas y te preguntaba ¿Los quieren para llevar? Y si, claro, (obvio), respondiamos a coro algo contrariados con el amigo. Entonces ella, en una maniobra digna de un ilusionista, te echaba rápidamente una porción y media dentro de un cambucho de papel kraft, el que cerraba sin titubear, y en un gesto mecánico y distraído te lo alcanzaba como si nada, sellando su fechoría con unas cuantas servilletas.


La VIlla Mexico







"Salgo a caminar por la cintura cósmica del sur..."

Me adentro en estos pasajes juveniles tan iguales, tan dispares. Camino por la calle Las Torres vigilado desde las alturas por las imponentes torres de acero que transportan su carga de alta tensión desde no se donde hasta quien sabe donde. Esquivando los mojones de los perros que cada tanto siembran el paisaje de jardines mal cuidados. De pasto pidiendo agüita por favor señor alcalde, que este año cercano a las elecciones prefirió renovar las veredas que estaban buenas, resistiendo sin problemas el paso de los años. Construidas por obreros a finales de los años setenta, cuando los arréglines no eran tan comunes y la calidad de los trabajos y los materiales eran para toda la vida. Cincuenta años de aguantar los millones de pasos de sus habitantes que crecimos caminando con confianza por sus amplios espacio. Corriendo de niños a comprar el pan donde "la Tía Paty", ese viejo almacén que aun subsiste dignamente atendido por sus dueños; la señora Paty y don Jorge. Por ellas anduve colgando de la mano de mi entonces joven padre, que me contaba historias anecdóticas y divertidas; fabulas y vivencias de su propia infancia que a mi me parecía tan remota y lejana como mi propia infancia ahora. Por estas veredas rodé con mis primeros patines. Estaban hechos de acero, eran pesadísimos, con correa y ruidosas ruedas. Por estas mismas veredas que ahora lucen sin mayor desgaste, sin hoyos, baches o desniveles; pese a que algunos inconscientes hasta estacionan la mitad de su auto sobre ellas. Estas veredas anchas que pueden caminar hasta tres personas dándose las manos. Veredas donde en nuestra adolescencia nos sentábamos a conversar con los amigos de cualquier lesera, con las piernas para la calle si total casi no pasaban autos. Mirando pasar cada cuarto de hora la micro Cerrillos Villa Olímpica. Las viejas Chevrolet con trompa, destartaladas y lentas.
En esas veredas, específicamente la que pasaba por fuera de mi casa (o de mis padres), nos sentábamos con el amigo a tirarle piedras a los mojones de los perros que se acumulaban en un cerro de ripio que estaba pasando el portón. Luego nos subíamos a nuestras bicicletas mini y partíamos a recorrer las calles de la villa, saltando de la vereda a la calle y viceversa. Los pasajes y manzanas de casas de enfrente, un poco mas estrechos y sin veredas nos ofrecían un abierto laberinto para incursionar y aventurarnos. Pedaleábamos incansables bajo el sol del verano enfilando a nuestras anchas por La Primavera hasta llegar a Los Tilos; la entonces muy transitada avenida Los Tilos, y que marca hasta ahora el limite de la México. Con un esfuerzo adicional llegábamos hasta la punta del cerro y ahí nos tirábamos de vuelta en caída libre hasta La Primavera. Después de repetir esto hasta quedar extenuados emprendíamos el regreso a casa bajando a toda velocidad por la empinada calle sin veredas San Felipe y de ahí un breve viraje por Veracruz para tomar Acapulco y llegar a nuestro destino.

Jumper




El guatón Merino siempre fue un rebelde sin causa, nunca supe, pese a todos los años que fuimos grandes amigos, si el tenía alguna inclinación política, pero de seguro sería un anarquista vanidoso, su look, su pinta, su impostura, su facha o parada era siempre la de un tipo que lucia descuidado, luchando cada unos cuantos pasos con su mechón de pelo liso casi castaño que insistía en resbalar sobre su frente ocultando su ojo izquierdo, dándole esa apariencia de pirata corajudo que en cualquier momento te podía destripar con su espada si algo tuyo o que le dijiste no le parecia, pese a eso el tipo era de apariencia amable y su sonrisa fácil junto con unas pupilas ocultas tras unos achinados párpados le daban ese aire de misterio que cualquiera se querría, siempre con la camisa desabrochada hasta el segundo botón y la corbata colgando casi desanudada. Fue un día de esos de primeros días de marzo en que habiendo vuelto al colegio hace solo un par de semanas, y de viaje en el Metro hacía la casa, estábamos casi solos en el andén de la estación San Miguel salvo por unas jovencitas de nuestra edad que se encontraban sentadas al fondo del andén casi vacío. ¡Te apuesto a que me saco el pico delante de esas minas!, me dijo desafiante como era su estilo. Yo me reí mucho por el tono en que lo dijo y enseguida lo desafié, ¡te apuesto a que no! , le dije con voz sarcástica, él entonces insistió, puta hueón ¿Acaso no me conocí'?, esperate no ma'... mira, entonces bajé la mirada y pude ver como se metía la mano por entre el cinturón y con la otra se bajaba la cremallera. Las jovencitas escolares, como nosotros, ignoraban totalmente nuestra apuesta y nuestra presencia y seguían absortas en el cuchicheo típico de su edad y su ansiedad, cruzándose miradas chistosas y cómplices (en ese glorioso tiempo no existían celulares), vestían unos jumper pinzados muy ajustados de color azul marino, el jumper dejaba ver unas largas piernas rellenitas y eran tan cortos los de algunas, que hasta se les adivinaba la punta del calzón, de pequeños senos, la mayoría, estos se insinuaban bajo su blusa impecablemente blanca, de cabelleras negras otras castaño, conjugando perfecto con sus rostros de facciones gráciles y pequeñas, rompiendo recién la inocencia, como una mariposa hermosa cubierta de esa baba casi invisible que emerge de la crisálida y que empapa su cuerpo impostandole una colorida magia a su primer batir de alas.
Claudio se detuvo a admirarlas con su mano aun metida por dentro del pantalón disimulando apenas su erección tras de su chaqueta azul, paso por su lado y ellas apenas lo notaron. mirándolas fijamente, con mirada lasciva e imprudente, estudiandolas una a una, de pies a cabeza, sin olvidar, pantorrillas, piernas y nalgas, cinturas, espaldas, vientres, senos, proporción de los brazos, manos, uñas, el largo cabello, el camino de la columna, contando sus vértebras, imaginando sus propios labios haciendo el inventario, deteniéndose en su cuello, en la forma de su nuca, pensandola recostada suavemente en la palma de su mano, estudiando la forma de sus labios, viendo a tras luz los rubios pelos de sus mejillas, erizandose al pensar en los otros bellos también nacientes, ese césped rubio sin podar y aún escaso que cubre sus rosados y virginales labios adolescentes. El guatón se sentó apenas separado por un par de butacas del grupo de mujeres, que estaban unas sentadas y otras de pie absortas en su propio planeta sin pensar en nadie mas que en sus palabras huecas, sus voces saltonas y sus risas y  sus oooooh y sus yiaaaa y sus gansa y sus esta que's pava, justo cuando mi compadre sacó su verga y la meneo frente a ellas de un lado a otro con su mano en una erotica y emotiva danza circular, una de las jovencitas al notar lo que pasaba probablemente advertida por mi cara de asombro y de risa aguantada, lanzó un grito seguido de una carcajada y todas pararon el parloteo simultáneamente y miraron para donde miraba ella y vieron la danza de mi entrañable amigo pirata, moviendo su verga como si fuese una espada bamboleando desafiante delante del recién aparecido guardia de uniforme azul y que enarbolando su porra le dijo a mi amigo, ya, vamos andando cabrito que ahora si que estai cagao hasta las patas, por exhibiciónista te vai' a ir en cana a mostrarle la verga, a ver si le gusta a mi capitán.

Animitas


El recuerdo que tengo de mi niñez es como un lejano exilio blanco, le dice Klaus a su hijo Juan, que está sentado a su lado con la mirada perdida.


Juan, sin poder imaginar aquéllos lugares tan distantes que jamás conocerá, fija su mente en su propio pasado, cuándo de niño jugaban con sus dos hermanos en el barrial del caserío en que vivían, a un costado de un camino transitado.


Aquél camino, que se extendía en línea recta hacia el horizonte, llevaba, después de un par de horas o más, dependiendo del medio de transporte que escogieran, primero a un Puerto y luego a extensas playas de rocas y arenas blancas, bañadas por un mar azul de aguas frías y saladas. Juan sabía de su existencia, porque su madre siempre le contaba las historias que a su vez su abuelo ferroviario, le había contado a ella.



Juan, cada verano de sus escasos seis años, soñaba con conocer ese mar lejano y jugar en esas playas que su madre tan bien le describiera.


Aparte de contarle estas historias, su madre le enseñaba, cómo debía atravesar esa peligrosa vía, deteniéndose y mirando a un lado y al otro y esperar a que no viniera nada, antes de atreverse a cruzar. Tarea que se hacía más difícil en verano, cuándo una gran cantidad de automóviles, grandes buses repletos de turistas e incluso carretas tiradas por caballos, se dirigían a toda prisa de vacaciones o solo por el día, hacia la añorada playa.


Juan siempre tenía cuidado y una vez llegaban al borde del camino, se aferraba fuertemente a la mano de su madre como si aún fuera un niño dando sus primeros pasos.
Sin embargo, ese día diviso a lo lejos, algo que no había visto nunca antes, algo que llamó poderosamente la atención de Juan. Desde el otro lado del peligroso camino, clavados al piso, se podían ver varios pequeños remolinos de papel de diferentes colores y tamaños y en el centro del arreglo un gran florero con gladiolos y claveles rojos, blancos y amarillos, flanqueando  una pequeña casita cómo de su tamaño. Junto a estos, se encontraban alineados varios juguetes, entre ellos un balde con una pala para jugar a hacer castillos en la arena como su madre le había descrito que hacían los niños en la playa.


Juan entonces, sin pensar, arrebatado su espíritu por tan bella visión, se soltó de la mano de su madre y sin siquiera esperar o mirar para los lados, cómo le habían enseñado, se puso a correr, atravesando el peligroso y estrecho camino y en un gesto estiró sus dos brazos de niño, cómo queriendo abrazar los pequeños remolinos. A su espalda Juan escuchó por última vez la voz de su madre que pronunciaba su nombre en un grito desesperado, grito que fue repentinamente apagado por un golpe sordo, cómo las olas del mar pegando en un acantilado.