La vida colgando de un hilo

 Les cuento una historia terrible que viví éste viernes 21 de febrero de 2026.


Esta tarde, mientras estaba cocinando —ya eran pasadas las cuatro porque habíamos tenido que salir con mi esposa—, estaba feliz de la vida escuchando música cuando empecé a sentir unos gritos con escándalo desde la esquina. Era la pareja de limpiaparabrisas que se estaban peleando, como tantas otras veces. Insultos y amenazas de grueso calibre iban y venían, que esto y que aquello.

Justo cuando tomé el celular para subir el volumen, los gritos cambiaron. Pasaron de insultos a terror. Alguien gritaba de dolor y se oían los gritos pidiendo auxilio de una mujer.

Le avisé a Fanny y salí a la calle a ver qué chucha pasaba.

Cuando caché la media micro verde detenida, saqué el rollo al toque. Me devolví a ponerme las chalas y salí corriendo a prestar ayuda.

Era el socio de los parabrisas. Estaba apretado por el pecho, bajo el yugo del eje delantero de la micro, que pesa unas quince toneladas. Tenía una pierna virada, el pie mirando hacia el lado contrario. No se veía mucha sangre, solo desgarros. La cabeza machucada. Me miró sin verme. Me pidió ayuda.

Le dije que no hablara, que se quedara quieto. Estaba intentando jalar para salir.

Salí de abajo de la micro cuando escuché a un flaite insultando y amenazando al chofer. Me acerqué por la ventanilla. El flaite pateaba la puerta del otro lado. El chofer estaba moviendo la palanca de cambios, dispuesto a mover la micro, que era lo que le ordenaba el flaite.

—¡Mueve la hueá, loco, pa que saquemo’ al hombre!

—No. ¿Qué vas a hacer? No lo hagai —le dije, enfático—. No movai la micro por nada del mundo hasta que lleguen los carabineros. Hay una persona abajo. Está vivo el cabro. Y está atrapado justo bajo el eje. Si mueves la micro para atrás o para adelante lo vas a matar. Déjala ahí no más y no le hagai caso a la gente. Tú no tienes la culpa.

El tipo se tranquilizó. Después Fanny me contó que ella también lo había asistido y calmado.

Volví abajo de la micro. Alguien había traído una gata hidráulica grande y estaba levantando la barra estabilizadora que va justo detrás del eje delantero. Le dije que estaba mal, que si seguía la barra se podía cortar y el chicotazo te lo encargo. Le hice señas que pusiera la gata bajo el eje. Así lo hizo. Habrá subido un par de centímetros. Con eso, Carlos al menos pudo respirar un poco más y tenderse de espalda.

Luego llegó seguridad ciudadana, haciendo grandes aspavientos, tocando la sirena. La gente los abucheaba, gritando insultos y diciendo que no servían para nada. A continuación llegaron los bomberos, que fueron recibidos con respeto. Tres supercarros. Una ambulancia. Una grúa. Los pacos. Un loco en una flamante Subaru que se bajó, tomó unas fotos y se fue.

Los bomberos cruzaron una cincha por debajo de la micro y la ataron como quien ata una caja. Lograron levantarla un poco. Los paramédicos le habían inyectado suero y le prestaban primeros auxilios a Carlos. Luego los bomberos lo sacaron arrastrando bajo una frazada y lo subieron a la camilla.

Carlos estaba a salvo.

Lo subieron a la ambulancia y se fueron. Los curiosos se dispersaron. El flaite del principio le echó la media foca a una mujer que estaba grabando todo con el celular. Los pacos pidieron refuerzos que nunca llegaron.

Y yo me quedé ahí, observando ahora desde lejos, aún impresionado de la impresión.



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